Reparar como acto social

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Con motivo de los saludos de fin del año 2016, me encontré con el post que resume la actividad del Club de Reparadores. Inmediatamente sonreí, y conecté mentalmente con otros proyectos que sigo con alguna frecuencia como el Repair Café y parte del movimiento Right to Repair que tiene diferentes acciones concretas como ifixit y otras asociaciones.

Hay diferencias en las acciones y en los estilos, pero lo que tienen en común es negarse a aceptar que las cosas deban tirarse porque dejan de funcionar. Nos convencieron durante años de que es mejor tirar y reemplazar que hacer el esfuerzo por reparar, y de hecho se ha influido desde la publicidad y desde mecanismos de la economía para hacerlo y para que un usuario promedio valore comprar algo nuevo (porque es “más barato”) La famosa Obsolescencia Programada o Planificada que se entiende muy bien en este documental.

¿Por qué no habríamos de hacerlo? Entre las muchísimas explicaciones que existen mencionaré solamente dos:

  1. Reparar puede ser mucho más barato y sencillo. La mayoría de las veces reparar es sencillo, y se trata de pequeñas cosas. He visto gastar muchísimo dinero para reemplazar artefactos que he podido reparar casi sin dinero. Si a esto sumamos la posibilidad de fabricar piezas que hoy tenemos con la impresión 3D, verdaderamente es muy poco lo que no podría ser reparado…
  2. Reparar es también un acto cognitivo y social. Reparar implica explorar, sistematizar, plantear hipótesis de funcionamiento sobre los artefactos, desarrollar capacidades para intervenir, etc. Pero además, es una acción que desentraña lo que han hecho otros. Es cierto que muchas veces esos “otros” son enormes conglomerados que bloquean la posibilidad de que podamos explorar los artefactos, pero aún así, algo de espíritu hacker y habilidad logra hacerlo…

El primer punto puede interesar a los que hoy llamamos nerd, o makers (que existieron siempre), pero el segundo es un tema muy serio que ha influido en la cultura que hoy tenemos; no tanto por las habilidades que comentamos sino por los modos de vinculación entre los que utilizamos las tecnologías y los que las piensan y diseñan.

No hay ninguna razón técnica por la que un artefacto no pueda ser explorado por un usuario proactivo, y sin embargo se diseñan para impedirlo o para que sea muy dificultoso.

En mi tesis de doctorado he planteado todo esto, pero además me alegra mucho que existan estos movimientos, porque casi todos han observado la idea de bien común. Y esto no es casual: cuando necesitamos de otros, con otros conocimientos y habilidades, que ponen a disposición de una comunidad, las cosas no pueden entenderse de otro modo que no sea colaborativo. Entonces esa dimensión de conocimiento propietario que es parte de cada artefacto (y que nos excluye de su exploración aún habiéndolo adquirido en el mercado) comienza a circular en forma vernácula y a convertirse en un activo social…

Esto es un problema para los diseñadores y fabricantes. Siguen luchando para perseguir hackers en una guerra que tienen completamente perdida, porque los usuarios vamos teniendo cada vez más claro que no tienen derecho a ocultarnos las cosas con las que convivimos a diario.

¿Quiénes pueden ser reparadores? Todos, en principio… por supuesto hay que aprender. Pero este aprendizaje puede ser muy interesante y hasta divertido, porque el conocimiento técnico no es conocimiento científico (bueno, con esta afirmación me he ganado varios detractores…), sino que es conocimiento débil.

Este conocimiento débil es todo aquel que permita explorar e intervenir sobre un artefacto en particular. Pero no se produce de la nada sino desde una base de cultura tecnológica en el sentido que podría plantear Quintanilla, y que he desarrollado en mi tesis de doctorado cruzada con perfiles de usuarios y cultura tecnológica general y particular.

Por lo tanto, no se trata de que los nerds (que entienden cómo funcionan los cacharros) se vuelvan gurúes. De hecho no lo son. No se trata de ser o no ser nerd. El nerd tiene obturada la capacidad de entender las razones por las que otros toman decisiones, y son incapaces de entender contextos. Hay que temerles. No se trata de un mundo controlado por nerds: son tan obtusos como los tecnócratas o los fanáticos religiosos. El nerd es peligroso… Lo último que nos puede sacar del control de un grupo que decide cómo es la tecnología que debemos amar, es otro grupo tan opaco como ese.

En todo caso, lo deseable es que el desarrollo tecnológico pueda ser acompañado de cultura tecnológica… de este modo el nerd deja de ser un gurú (palabra de tribu primitiva, por cierto, y de admiradores de fenómenos supuestamente mágicos…) para ser un socio más hábil pero que podemos comprender…

El nerd como socio colaborativo con mayor apertura a otros procesos sociales, junto con usuarios con ánimo de aprendizaje y posición clara de recuperar las cosas que sirven para que no sigan acumulándose y arruinando otro bien común como el ecosistema, harán comunidades como las que hoy emergen alrededor de la reparación.

Es decir que los nerds no salvarán al mundo, más bien lo harán más peligroso. Necesitamos otro modelo de desarrollo tecnológico que según Quintanilla estamos desarrollando, y que pueda revincular a los que hacen, diseñan y piensan las tecnologías, con los que las utilizan, y, claro, desean repararlas.

Mientras tanto, ¡felicidades reparadores!