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Revolución, desobediencia civil, Argentina 2001

December 20th, 2011

Descontento social y explosión parecen ser conceptos bastante aproximados para describir lo que pasó en diciembre de 2001 y después en Argentina. La crisis de 2001, sin embargo, podría haber inaugurado una nueva era en nuestro país pero se diluyó tímidamente en lo que después se suele englobar bajo la idea de la “salida de la crisis”.

A veces pienso en que todo explotó como una señal de que algo debería cambiar, pero por otra parte la explosión fue muy relativa. No hubo revolución, ni desobediencia civil (salvo que se considere como tal el desoír un estado de sitio decretado por un presidente sin autoridad durante un día)

Durante las marchas y saqueos hubo 39 muertos en todo el país y cientos de asambleas populares y piquetes. De estas asambleas algunas se desarrollaron y organizaron, algunas orientadas a asistencia y otras orientadas a una voz alternativa al sindicalismo peronista tradicional. Hoy, 10 años después, existen organizaciones hijas de esa crisis como Barrios de Pie o Libres del Sur, la marcha, los piquetes, los cortes son el modo de ser escuchados. Dan por sentado que alguien debe financiarlos y lo exigen. Desde los Derechos Humanos hasta nuestra Constitución que los suscribe dicen garantizar el derecho a la vida, a la subsistencia y al trabajo digno. 10 años después una enorme cantidad de esos derechos tomaron la forma de deudas sociales, porque no se trata solamente de llegar a fin de mes, también se trata de la perspectiva, de tener proyectos y de poder participar de actividades culturales. No sólo de pan vive el hombre…. y si de pan solo vive, no es una vida digna.

Una Alianza debilitada (De la Rua y el huído Chacho Alvarez) frente a un peronismo bonaerense duro (Duhalde y Ruckauf) fue el marco político. Pero esta controversia de faltas de apoyo en conjunto con medios de comunicación que por un lado mostraban las debilidades de De la Rua y por el otro no podían sembrar el pánico de una caída tan destructiva, fueron el marco coyuntural, por debajo se cerraban los 10 años de la Convertibilidad de Menem, que fueron sólo un tramo de la vigencia Constitucional después de la última dictadura militar.

La Constitución triunfó por sobre todo. La continuidad se desarrolló bajo la vigencia de la Constitución como lo hizo ante la salida anticipada de Alfonsín. No hubo revolución porque no hubo cambio en las reglas de juego ni tampoco hubo desobediencia civil por desobedecer un estado de sitio decretado por alguien sin poder. La desobediencia civil se da masivamente sobre las normas vigentes, y la revolución busca quebrarlas y a veces hasta con propuestas de cambio. Las normas no cambiaron.

Nuestras decisiones políticas indican a qué nos sometemos.

 

Pero sería increíble recorrer el mundo y ver a qué se someten distintos pueblos… Consagrar la Constitución parece ser el sometimiento democrático más razonable, pero cuando una clase política se apropia de ella (las interpretaciones que armonizan las acciones y lo escrito) resulta que nos sometemos a esa clase política y no a la Constitución. Incluso si pensamos que a las instituciones las hacen las personas (y entonces podríamos relativizar todo porque significaría que las instituciones no trascienden a las personas), el foco de la infección es el mismo: la “clase política”. La clase política que es la minoría que gobierna a la mayoría, y que relativiza a cualquier sistema.

¿Quiénes pueden participar democráticamente del destino del país? sólo aquellos que están organizados, es decir que para participar alguien debe liderar y conducir. Así se profesionalizaron los representantes, que trabajan de ser representantes, y son profesionales de la representación. Es tal el nivel de complejidad y disponibilidad que demanda tal tarea que es imposible que una persona común pueda participar de la organización de las fuerzas políticas. Por decirlo de otro modo: no tenemos otro camino que delegar en representantes toda nuestra realidad común en personas que tienen una imagen del mundo completamente distinta a la que tiene cualquier persona. Es la arena de la clase política. Un grupo de personas que son colegas y potenciales socios para cualquier aventura y estructura “representativa”, y que es capaz de gestionar toda norma para lograr “representatividad”. Todo este mecanismo no es más que el proceso por el que un grupo termina conformando la elite que gobierna. Cuanto más difícil es participar de este proceso, menos democrático es el sistema. Y este es el sistema que tenemos, poco democrático, y con una minoría que se retroalimenta, incluso intergeneracionalmente.

Nos sometemos a eso: decidimos que esto sería la referencia suprema para nuestro destino común, y estamos sometidos, entonces, a ellos. Ni desobediencia ni revolución, continuidad. Sometimiento a normas que preservan el modo operativo de esta clase política, cuyo control se escapa de la capacidad de los ciudadanos que observamos, sometidos, el enriquecimiento casi sin excepción durante las gestiones de gobierno.

Visto a la distancia, entonces, la crisis argentina de 2001 es una muestra de a qué nos sometemos. La continuidad Constitucional, tal vez por temor a situaciones pasadas (y esta es la parte buena), fue nuestro sometimiento y aquello que aseguró el desarrollo de esta clase política (la parte mala). El juicio que tendremos dentro de un tiempo de estos diez años seguramente no será el mismo que el que hacen hoy los felices que disfrutan de las bondades de este gobierno, más bien preveo que podrá ser tan demonizado como los anteriores. Tal vez al fin de este proximo ciclo hayamos generado más valentía para cambiar nuestras decisiones políticas y, entonces, nuestro sometimiento.

Curiosamente, cada vez que discuto este tema, hay quienes hablan de “anticonstitucionalismo” o “golpe”, cuando la interpretación correcta del sentido de elegir a qué nos sometemos tiene que ver con la liberación del gobierno de una elite que ha sabido mantenerse lejos de los ciudadanos usufructuando el sistema. Tiene que ver con la participación y con cómo asegurar la representatividad que deberían ostentar.

Haciendo un ejercicio contrafáctico, especulando, se me ocurre que los Kirchner en los 90 hubieran hecho lo mismo que Menem, y que Menem en los 2000 hubiera hecho lo mismo que los Kirchner. Si así fuera, ni siquiera tendría sentido discutir el sometimiento constitucional sino pensar sobre los grados de libertad que pudieran tener los gobernantes según las relaciones regionales e internacionales, donde la Constitución es relativa y la elección de los socios no tiene un sentido necesariamente relacionado con ella. Si nuestras decisiones políticas indican a qué nos sometemos, y la “clase política” es quien lidera el sometimiento, dejamos en sus manos también el sometimiento regional y global. Así tenemos “países amigos” cuyo sentido de la democracia cuando leen el mapa global es al menos sospechoso. Era Estados Unidos con Menem y es Venezuela con Kirchner.

Continuidad. Ni revolución, ni desobediencia. Perdimos la oportunidad en 2001. Tenemos que aprender a decidir a qué estamos dispuestos a someternos. Basta de cornisas, basta de saltar.

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2001, ilusión de alfa y omega

December 18th, 2011

Guardo un tachito que una empresa privatizada había enviado para algún fin de año de los 90 con un pan dulce. El tachito está abollado como si un batallón lo hubiera pisoteado durante su marcha. Los bollos son míos, hechos en la calle, una y otra vez.

Diciembre de 2001 ya había comenzado con algunas medidas para frenar la fuga de dinero. Pero esto es una parte del problema, de hecho no comparto las afirmaciones simplistas de que la crisis argentina de 2001 fue un problema del “bolsillo”

Diciembre de 2001 es un momento cómodo para definir “antes y despueses” como si algún “todo” hubiera terminado o comenzado. De hecho hubo más continuidades que rupturas, las primeras no deseadas y las segundas secundarias.

EL 19 tenía algunas cosas en mi heladera para brindar por mi cumpleaños. No podía creer que realmente el “pueblo” en todas partes del país estaba unido haciendo un reclamo que todos valorábamos (había cientos de asambleas y cortes en todo el país). Esto no eran piquetes sectoriales, o un gremio pidiendo por su salario o un compañero preso, o por cualquiera de las razones (muchísimas veces mínimas) por las que varios años después cualquiera cortó cualquier calle en cualquier momento.

Había aroma a acefalía, que por primera vez sentí con mucha fuerza. Se podía tocar el sueño de barrer con la “clase política”, hacer desaparecer a un conjunto de personajes explotando un sistema que se habían hecho a su medida en 1994. No era Menem solamente, eran todos. Las asambleas tenían practica deliberativa callejera, no se trataba de eso que finalmente era una práctica política que tarde o temprano iba aseguir siendo funcional al sistema político de siempre (y sino, veamos los ejemplos de cómo los que emergieron hoy son políticos, algunos diputados, con caja y cierto grado de representatividad).

Todo quedó en la heladera porque entre temerosos y mi decisión de estar en la calle (por primera y última vez) mi cumpleaños sería abollar el tachito a puro grito.

Los medios tradicionales eran los que informaban, en la Web casi todos tardaban más en publicar que en emitir por radio y TV, los sucesos eran instante a instante, los medios en tiempo real fueron los protagonistas. No había Twitter, y no se podía chequear cuánto tardaba Wikipedia en actualizarse. Fernando De la Rua hablaba por cadena nacional, y cada frase hacía hervir más la bronca. En las calles los cantos de protesta se dirigían a los bancos, a Domingo Cavallo, y a “que se vayan todos”

Crónicas hay miles, tal día ocurrió esto y tal otro día aquello. La palabra “represión”, “popular”, “saqueo”,  ”confiscación”, “corralito”, y gran variedad de insultos y ridiculizaciones circulaban en las calles y en los medios. Algunos huyeron antes. No se iban con un proyecto de vida, se iban porque era insoportable seguir aquí. Otros huyeron después.

La convergencia de “malos humores” fue explosiva: los anti-menem juntaron sus fuerzas de 10 años de bronca, los pro-menem no entendían cómo en un par de años todo se había descalabrado, los moderados no toleraron que De la Rua no haya podido enderezar lo que se estaba cayendo visiblemente desde 1997. Todos tenían alguna razón para quejarse, que además coincidía con medidas que económicamente parecían ser razonables pero que socialmente no eran digeribles.

Poco trabajo, personas saqueando bolsas de arroz, ahorristas estafados (claro, técnicamente “estafa” sería otra cosa, y entre la cuestión de los encajes y la fuga todo puede explicarse… como siempre todo puede explicarse desde los bancos…), todo se dirigía al mismo punto: no los queremos, nos engañaron, no confiamos, no nos representan. ¿Que los saqueos fueron impulsados? ¿que los muertos de la Plaza fueron víctimas de una cadena de órdenes confusa/desobedecida? ¿que no se puede devolver el dinero que no se tiene?

El problema de poner al derecho por sobre todo es que todo termina en la judicialización, que para semejante fenómeno social refleja solamente una ínfima parte de lo que fue diciembre de 2001. La judicialización hace que todo vuelva a la normalidad: si hay cuestiones técnicas en los bancos, también las hay en la justicia, y los culpables e inocentes son nominales y funcionales a los procesos judiciales. La justicia es otra cosa. Luego de 2001 los juicios siguen siendo lo mismo, y los bancos también.

La Argentina “de mentira” de los 90 no es tan distinta que la Argentina actual. Ambas décadas construyen el mito del gobierno exitoso en base a la posibilidad de financiación de la construcción pública de ese discurso. Las fuentes de financiación son distintas, la lógica es la misma. El sistema es el mismo. Y los habitantes de ese sistema (los políticos)… también! Nada de lo que hizo crecer a la Argentina (quitando el efecto “rebote” obvio) durante los últimos 10 años hubiera sido posible sin el aprendizaje de los 90. En los 90 aprendimos que Argentina podía adoptar tecnología y crear servicios. El caso del campo tecnologizado es el único que exporta en serio, posible por los 90, cosechando en los 2000. Los servicios que se exportan se basan en las experiencias e infraestructuras de los 90. Los emprendedores aprendieron en los 90 y operan hoy. La demonización de los 90 como discurso mesiánico se contrapone con la vocación asociativa de los peronistas militantes hoy en el gobierno (que aprueban leyes contrarias a lo que ensalzan: sus ideas) con el gobierno de los 90. Son los mismos. No se fueron. Mismo sistema, misma lógica. Ninguna acefalía. Se salvaron del naufragio y repararon las naves hasta tener hoy una flota indestructible… como se percibía a la flota del 97.

Los amigos y enemigos políticos son circunstanciales, me causa mucha gracia cuando se agravian públicamente. Todos son socios potenciales. Luego están los grupos sushis, cámporas y demás sanguijuelas instrumentales. En 10 años hay algunos que murieron y otros que nacieron que aprenden a velocidades asombrosas los vericuetos de este espacio inextricable para todos los demás. Mientras tanto ahí están los pobres, los sin trabajo y los excluidos. Porque están, y son muchos, pero para saberlo hay que medir decentemente.

Claro que hay habilidad política: pegar donde duele, mostrar justo lo que está podrido, etc. La violencia y fractura será un costo. Criar cuervos siempre estuvo desaconsejado. ¿Qué habrá al final del ciclo? seguramente nada muy distinto a todo lo que puede dar asco de los 90. Otra continuidad. 2001 en Argentina es una demostración clara de cómo un sistema es capaz de sobrevivir. 10 años antes y 10 años después de 2001 el sistema es el que manda. Algunos lo llaman “representativo” pero a esta altura (y si viviste el 2001) esa nominación debería arrancarte una carcajada.

2001. Es una marca. Un estigma. Un momento en la historia que se identifica como singular, donde pararse para mirar hacia atrás o hacia adelante. Pero es un punto de continuidad también: el descabezamiento (la acefalía) del Poder Ejecutivo se resolvió constitucionalmente, y este es tal vez el único mérito de todos los que deberían haberse ido.

Trabajo hace más de 20 años. Los primeros fueron buenos, los segundos no. Me cuesta concebir que las mismas estructuras habitadas por los mismos personajes tengan el compromiso que queremos, salvo que vivamos (o provoquemos) algo que haga las veces de diciembre de 2001. En una de esas tendría otro gran cumpleaños.

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Optimismo tecnológico o nuevo entorno: Egipto, acampadas y Londres

August 9th, 2011

Circularon enormes cantidades de información sobre lo maravilloso que pueden ser las redes sociales y las plataformas colaborativas en diversas situaciones de crisis, y particularmente en algunos casos de 2011 como los de Egipto, Libia, España o Londres.

Sin embargo, tanto los medios tradicionales como los analistas políticos parecen suscribir la racionalidad de que estas tecnologías responden a la lógica de medios-para-fines. Esto implica que las tecnologías de las redes y las plataformas hacen más eficiente la comunicación, y como consecuencia de ello estos procesos se aceleran.

Por otra parte los optimistas tecnológicos otorgan a los dispositivos y a las redes la capacidad de gestar revoluciones e impactar en el mundo decididamente. Es decir que suscriben la racionalidad de un cierto determinismo tecnológico que llevaría a pensar, extrapolando, que  sin estas tecnologías las revueltas no hubieran ocurrido.

Si de algo se puede acusar a los del primer grupo es de profunda ignorancia sobre la realidad palpable y concreta que construyen las redes. Es cierto que si en Egipto no hubiese existido un malestar previo, las redes no lo hubieran amplificado o no hubiesen convocado a tantas personas. Y se puede acusar a los optimistas/deterministas tecnológicos de no advertir que existen malestares y humores previos.

En mi opinión solemos olvidar que la Web se transformó en un nuevo entorno vital. Allí estamos vivos, coordinándonos, compartiendo, dialogando, discutiendo, construyendo; de modos en los que es posible solamente en el entorno de la Web. ¿Es una cuestión de modos? No solamente: también aprendimos a interrogar cada uno de los supuestos en los que se basa un orden impuesto por restricciones físicas, desde la noción de propiedad hasta el fundamento de las jerarquías. Estamos aprendiendo a vivir en un entorno distinto a los que conocíamos, tal como ocurrió cuando tuvimos que aprender a gestionar y vivir las ciudades.

Cada uno de nosotros opera y gestiona estos entornos en una experiencia vital única. Pero cada uno de ellos tiene su racionalidad y sus dinámicas. Hacer parecer a uno con el otro es probablemente el peor de los errores, es perder la oportunidad de enriquecer nuestra vida y nuestro aprendizaje.

En el caso de los sucesos y revueltas de 2011 me pareció pertinente subrayar, y criticar, la idea de medios-fines dado que si se tratara solamente de medios extenderíamos todo a la lógica herramental y por lo tanto identificaríamos a la tecnología como un factor de eficiencia. Pero va más allá: ciertamente es más eficiente Twitter que el reparto callejero de panfletos, pero es difícil pensar en las redes como medios-para-fines solamente cuando han demostrado que también son plataformas de discusión y construcción de fines.

Es preferible entonces abandonar el optimismo y también la visión instrumental. Las redes informan, pero también comunican; conectan y también coordinan; son canales y también espacios de construcción de fines.

El mapa de la #acampadasol (vía tomalaplaza.net)

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Sin las redes hubiera triunfado el statu quo

February 22nd, 2011

Mientras observaba cómo Wikileaks va quedando poco a poco fuera de los lugares principales de los medios, cosa esperable, Medio Oriente (o para no enojar a los puristas “Oriente Medio”) se metía en la información internacional decididamente. Como ya es habitual toda la información que resulta ser primicia circuló primero por Twitter y luego por otros caminos. Hoy hay infografías, testimonios, etc.

También aparece la sensación de que algo de esto ya había pasado otras veces: un espacio como Twitter tiene la capacidad de ser increíblemente rapido en la propagación de sucesos. ¿Pero fue esto lo único que ocurrió? Para los periodistas más conservadores, con los que no suelo estar muy de acuerdo, las cosas ocurren por una serie de variables y sucesos siempre más importantes que la forma en la que ciertas personas son capaces de comunicarse y coordinarse.

Es cierto que una vez que las cosas han ocurrido es más fácil explicarlas con las variables que elijamos, y siempre habrá un relato razonable. Pero lo que me cuesta entender es por qué existe ese empecinamiento por la simplificación y la búsqueda de las variables clásicas. Por mencionar algunas: descontento social, opresión, dictaduras interminables, abusos, intereses internacionales cruzados, etc. La política y la economía pueden explicar muchas cosas, pero cada vez menos cosas en forma aislada. ¿Hubiera sido posible este movimiento de gan parte de Oriente Medio sin Twitter y demás tecnologías? Parece que no.

¿Por qué entonces no considerar seriamente que algo está cambiando de forma muy profunda a partir de ellas? Si bien es cierto que los pesimistas remarcan que los mismos intereses de siempre son los que operan sobre las redes, también hay que considerar todo aquello que se burla de ellos y que genera día a día eventos distinta magnitud. En este caso la magnitud es enorme, y pudo ser posible porque los movimientos que le dieron origen encontraron espacios democráticos y libres en Internet.

Castells menciona a Internet incluso como inductor de las insurrecciones. Que esto pueda seguir siendo así dependerá de otras resistencias de las que debemos ocuparnos.

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Si el ciudadano no se respeta…

March 5th, 2009

Hace mucho tiempo que quería colgar de blog2.com.ar esta opinión de Dolina. Por supuesto que una de las primeras reacciones es la de “qué sabe este tipo de esto”, o cosas por el estilo. Pero logra en este video hacer una decripción bastante razonable de lo que nos ha sucedido a todos los que tenemos alguna profesión liberal, o un microemprendimiento.

Justamente hoy el señor Zaffaroni plantea una cuestión teórica con muy poco tacto mientras en todos los canales de TV se ven cajones, velatorios y entierros de personas víctimas de la inseguridad.

Ambos casos de pésimo trato al ciudadano, y por más que un personaje porteño lúcido, simpático e inteligente no sea un académico prestigioso, tuvo la posibilidad de sintetizar la tremenda cuestión de que los ciudadanos no estamos organizados, y por lo tanto sufrimos todo tipo de atropellos. Un ejemplo es Zaffaroni poniendo el acento de la inseguriad en la realidad que crean los medios (que no dudo de que suceda, pero que niega de la forma más necia o interesada lo que nos pasa) y otro ejemplo es la AFIP (que muy lejos de recaudar se dedica bajo toneladas de teorías a sospechar de nosotros).

Vale la pena, al menos para saber lo que nos pasa a muchos de los que quisimos/queremos/quisiéramos hacer algo en la Argentina.

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