La triste historia del fan

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Debo asumir que gasté muchas horas de mi vida interviniendo en discusiones estériles sobre música. Aunque en verdad no podría quedarme fuera cada vez que unos y otros comienzan a abrir juicios sobre estilos, músicos, bandas, géneros, cuando no desmerecen abiertamente lo que decido escuchar. Muchas de esas horas intenté explicar que, a mi juicio, no debería ser tan sencillo desmerecer ciertas obras; todos intentos sin ningún éxito. A modo de síntesis, y como dirían muchos viejos sabios, debería despreocuparme de los juicios de los demás.

Pero mientras intento hacer este cambio, que es nada menos que un cambio de hábito porque cuando algo interesa es casi imperativo hablar de ello, mantengo el otro hábito de seguir investigando y ampliando mis horizontes musicales. Un trabajo que resulta interminable y que solo puede producir satisfacción a quien lo experimenta. Pero ocuparse de ello implica un necesario extrañamiento de los demás, o al menos dejar de prestar atención exclusivamente a lo que suena en las radios; y mejor aún, preguntarse por qué suena lo que suena en las radios. Para preguntarse hay que extrañarse.

Extrañarse de las cosas es una de las estrategias para comenzar a mirarlas con menos intensidad en la sensación instantánea para dejar algo de lugar a significados más profundos; a un valor que puede asociarse a su época, su contemporaneidad, y su relevancia en términos amplios. Y no se trata solamente de virtuosismo y prolijidad en la composición. Si la cultura punk ha sido trascendente, no es porque su manifestación musical haya dado grandes dosis de virtuosismo, sino porque había algo que decir en un momento dado. Si las grandes sinfonías trascendieron es porque tienen valor musical, pero también son parte de un modo de ver la música en una época determinada, y una manifestación de esa cultura. Ambos hoy son acervos de la humanidad. Sex Pistols y Beethoven. The Beatles no hubieran sido un fenómeno único por sus canciones bobas, sino por sus discos más experimentales y su apertura a fusionar otros géneros y ponerse al hombro algunas ideas de una época. Es decir, aquello que los hizo diferentes, no iguales a otros.

Se trata entonces de bucear entre los que están haciendo algo diferente, porque allí es donde se dice algo distinto. Los que nos tomamos este trabajo intentamos mirar cuánto de eso es una manifestación de una cultura que está en algún lugar pujando por ser, nada menos. Ante lo diferente está lo uniforme: un músico hace y decenas lo siguen entre imitaciones y cambios menores, siempre que el primero haya tenido éxito. Pocas veces la idea de éxito ha tenido tantos detractores como en la actualidad, en el ámbito musical como en tantos otros. El éxito se considera, dicho rápidamente, como aquello que hace que la cuenta bancaria aumente enormemente, lo que requiere de fans que consuman merchandising y conciertos masivos. La mercantilización de la expresión es decisiva para el éxito. Para que ello suceda hay business plans en eso que se llama desde hace casi un siglo “Industria Cultural” para apalancarse mutuamente entre artistas y discográficas, hasta lograr el clásico efecto publicitario de homogeneizar las “preferencias” En esto no se diferencia entre un jabón en polvo, la comida rápida o una campaña presidencial. Da lo mismo, lo importante es que se “prefiera” a uno por sobre otro. Un camino para el extrañamiento es preguntarse si hay algo más, si hay otros, y qué hay en el mundo que provea de contenido a estos personajes, o más: cuál es el mundo de estos personajes.

Shiraz Art Festival: David Tudor (left) and John Cage performing at the 1971 festival.(Photo courtesy Cunningham Dance Foundation archive)

Shiraz Art Festival: David Tudor (left) and John Cage performing at the 1971 festival.(Photo courtesy Cunningham Dance Foundation archive)

El fan no pregunta. El fan no mira alrededor. El fan no ve más allá del ídolo. El fan no discrimina originalidad. El fan no entiende de culturas, ni vislumbra mundos, especialmente los “otros” mundos. El fan da éxito, pero a su vez es la muestra de lo más humillante de los músicos. La búsqueda de encasillamiento del fan lleva a que yo mismo me encuentre en cajas muy bien definidas y etiquetadas como “inescuchable” para unos e “imprescindible” para otros. El fan no busca significado, por lo tanto él mismo es lo prescindible.

La expresión humana es muy vasta y compleja. De hecho la música no es algo que pueda separarse de la plástica, la arquitectura, y el imaginario de una cultura y una época. El éxito está en todas las expresiones, pero no olvidemos que hay mucha (más) expresión que la exitosa (en términos de flujo de dinero) ¿Dónde están? ¿qué hacen? ¿qué dicen? Para saber si es interesante (como manifestación cultural) o si mueven alguna fibra emocional, no hay más alternativas que ir a buscarlos, entenderlos, y encontrar en qué son diferentes.

Starbucks o McDonald´s tienen grandes niveles de facturación, lo mismo que Shakira y Boca Juniors. Ser fan de cualquiera de ellos tampoco se diferencia mucho. Ser fan es una categoría de la sociedad de consumo, no un status dentro del mundo del arte. Da lo mismo si se conoce a la perfección los ingredientes de un café “intervenido” de dudosa italianidad, los nombres de los delanteros de un equipo de fútbol, o los discos editados por un cantante “popular” (utilizado en el español neutro como sinónimo de muchos seguidores, lo que al final no tiene nada de “popular” sino de idolatría) El fan es tan prescindible para unos como para otros, salvo como contribuyente.

Así las cosas, la triste historia del fan es la de deambular entre opciones de consumo que no busca, entre ídolos definidos y producidos entre escritorios y planillas de cálculo, entre recuerdos asociados a melodías. Nunca salir a buscar la música. Nunca preguntarse. Nunca entender los contextos y los significados.

La triste historia del fan es, como hace décadas, ser objeto indiferenciado e irrelevante de un negocio, que lamentablemente ha llegado hasta una de las cosas más importantes de la humanidad, que es la manifestación artística. Benjamin lo denunciaba en el cine y la pérdida del aura, aunque ya podamos asumir que la reproductibilidad técnica no es el problema, siendo, sí, un buen instrumento de creación de fans a través de la replicación. Tampoco se trata del “arte culto” como la única manifestación de un acervo cultural “deseable” Sin vanguardias y arte pop el siglo XX no se hubiera manifestado. La bohemia también criticó desde el arte. Lo experimental nos indicó lo (a veces) arbitrario y caprichoso de lo que se suponía era la belleza y el “buen” arte. Cada rincón del planeta, especialmente con formas novedosas en las grandes urbes, tiene su expresión. Expresiones que llevan más allá de lo que podemos escuchar “disfrutando”, expresiones que hablan de realidades duras, expresiones que nos vuelven a interrogar sobre nosotros mismos, expresiones que dibujan un mundo repleto de problemas, o sistemas que nos incorporan pero que nos resultan a la vez muy ajenos, o simplemente nos muestran otros mundos, muchas veces el mundo del artista. Mientras estas expresiones tienen su lugar, existen las otras.

Las que resultan “suficientes” para llenar el silencio (que por alguna razón se ha vuelto insoportable) o para hacer compañía, como si fuera deseable que la música sea una mascota, o un objeto funcionalizado.

La identificación del fan con el artista es la más estúpida de todas, no es la identificación en el contenido y el significado sino que lo es con la imagen mediada que se proyecta, la mayoría de las veces abandonando el valor de la propia música. Sin importar qué ocurre cuando la obra queda liberada al público, cuando ya no es parte del artista sino de un conjunto de personas, cuando el significado que adquiere para un grupo es importante para ese grupo. Allí es donde el fan no calza, donde se modelan las miradas recalcitrantes sobre otros artistas, donde el fan es un participante de un rito religioso, cuya identificación no se construye con su interpretación propia sino con la imagen publicitaria. Entender consiste en realizar esa construcción. Una construcción en la que un grupo otorga significado al arte como una manifestación reinterpretada y apropiada. Allí es donde todo ocurre, en el juego entre (nuestros) mundos.

La triste historia del fan es la de situarse como un cliente frente a un espectáculo, o como comprador de canciones. La triste historia del fan es considerar a la expresión como producto. La triste historia del fan es una historia de juicios débiles encerrados en un mundo definido por otros.

 

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