Entraba a la adolescencia. La idea de una dictadura no era demasiado clara en mi mente. Era la transición entre jugar todo el tiempo en la calle hacia las primeras rebeliones, que afortunadamente inicié por el 83 mientras comenzaba mi colegio secundario. Malvinas fue quizás una de las cosas que más me marcaron en tiempo real por esos días, años…
Las experiencias fuertes se atesoran y especialmente cuando son tan complejas, había voces triunfalistas y había movimientos políticos extraños. Había conversaciones familiares, comunicados del gobierno de facto y grandes titulares en los medios de comunicación. Había donaciones para los soldados, la gran marcha a la Plaza de Mayo, y había muertos. Había una guerra. Nunca supe cuán verosímil podría haber sido que ataquen Buenos Aires, pero había olor a guerra, aún estando lejos y fuera del alcance del fuego. Había muertos.
Las historias de quienes volvieron eran atrapantes, un mundo tan distinto que se veía como heroico por volver a tierras de las que poco y nada habíamos oído y por defenderse y atacar a los “gurkas”. De pronto Argentina era capaz de tomar las riendas de un lugar que le pertenece. De pronto, la Argentina se rindió en Malvinas.
Hoy tenemos varios frentes de Malvinas, pero hay dos que no podemos abandonar: continuar el reclamo según las estrategias que podamos sostener (negociación diplomática por la Soberanía y/o “hacerse amigo” de los kelpers), y proteger y respetar a quienes han luchado (más alla de la potencia que tenga la idea de “patria” en cada uno de nosotros).
A 30 años del desembarco argentino en Malvinas, por sobre el hambre, el frío y el olvido, mis respetos a los combatientes.
Cuando expuse una serie de fenómenos de la Red que me llamaban la atención en el mejor sentido, mencioné a Twitter casi como un paradigma de estructura de interacciones que impulsaban la innovación social, el flujo libre de la información y la conformación de comunidades. Durante ese mismo Coloquio académico alguien me preguntó si no me preocupaba que Twitter fuera una empresa común y corriente. La pregunta estaba orientada a cómo una empresa podría garantizar tal nivel de libertades. No dudé en mi respuesta (aunque confieso que jamás me había hecho una pregunta tan obvia): ¿qué importa? esto está ocurriendo de todos modos.
Por un lado la garantía de las libertades en el entorno físico está custodiada por el derecho. En algunos países con más libertad que en otros. Por otra parte, las empresas no pueden ir contra estos derechos. Pero sobrevolando estas afirmaciones la cuestión termina en la discusión de qué derecho es más importante que otro.
Lo que me interesa llevar al extremo es si realmente es necesario conformar comunidades y redes online respetando algún derecho. Seguramente habrá muchas reacciones que dan por sentado que el derecho es algo a lo que debe atenerse cualquier actividad humana. Pero insisto en la pregunta: ¿por qué?
Si el derecho del entorno físico se aplica al virtual tenemos dos problemas: desnaturalizamos al entorno virtual y desnaturalizamos a las leyes. Pero además invocamos una especie de “acuerdo global” que supone que esto debe ser así. Sin embargo, y esto es una conclusión previa, tal cosa se debe a que la gente de derecho supone analogías entre ambos entornos como si se pudieran transferir las cosas de uno hacia el otro en forma general. La relación entre ambos entornos es absolutamente individual y no puede ser generalizada. La mejor aproximación que encuentro para evitar estas generalizaciones imposibles es “let it be”, no toquen la Red, funcionó maravillosamente bien si que se entrometan, no lo hagan.
Pero la conquista de la Red por parte de los que tienen vocación de hacerlo (gobiernos, empresas, etc.) ponen al derecho como argumento principal. Aquí ver chocar dos modelos nuevamente: curiosamente quienes tienen voz en el entorno físico son quienes reclaman cualquier tipo de regulación. Y los que tienen voz se arrogan distintos tipos de representación de individualidades. Y ya sabemos los problemas que existen en los distintos esquemas de representación, desde los sistemas democráticos, los que hablan por los artistas, etc.
Así las cosas el derecho del entorno físico aplasta la vida del entorno virtual. Porque se asume que el derecho está por sobre todas las cosas. ¿Por qué? ¿Acaso los Estados garatizan el libre flujo de la información? Si de relación físico-virtual se trata, aquí un buen análisis de alt1040, pero creo que vale la pena seguir preguntandose sobre la valoración del derecho sobre la Red.
Si tendremos bloqueos y borraremos archivos compartidos, y ahora los usuarios de cada vez país tendrán su propia versión del material que circula por Twitter, ¿quiénes son los que garantizan un espacio público abierto y no regulado? evidentemente no serán los que se arrogan representaciones, ni tampoco los Estados. Ni los ámbitos privados ni los públicos creados en el entorno físico son capaces de hacerlo.
Tiempos de #sopa#acta y #pipa . Tiempos de discusión sobre Gobernanza y Gobierno de Internet. Tiempos de ver cómo Internet se transforma en espacio de guerras ajenas. Tiempos de optimismo por sus posibilidades y de pesimismo por ver cómo las aplastan.
El conflicto que hoy se produce en Internet tiene que ver con la vocación de distintas organizaciones y Estados por imponerse en un entorno que no les es propio. Que tiene sus propias dinámicas y cuyos habitantes no necesariamente respetan el orden impuesto fuera de Internet.
Era de esperar. Resulta obvio para muchos que un espacio en el que muchas personas interactúan, producen, se expresan y colaboran es un espacio que debe ser colonizado. Un espacio en el que deben imperar los mismos principios ejecutados por las mismas instituciones nacidas en un espacio distinto. Es control y es negocio.
Hace mucho tiempo que soy pesismista al respecto. El mundo entero está buscando formas de intervenir, interrumpir, bloquear y controlar. Todos los argumentos tienen matices, algunos desde la propiedad intelectual, otros desde el delito en general, y los menos pertinentes forzando la analogía entre ese mundo online con el offline.
Nos estamos perdiendo una de las oportunidades más increíbles que ocurren rara vez en una vida para construír nuevos modos de convivencia y colaboración en muchos casos independientes de los modos tradicionales. Nos estamos perdiendo la oportunidad de ser más libres, de pensar por fuera de los esquemas y las limitaciones de la lógica industrial, de admirar los fenómenos emergentes de las redes masivas, de construir alternativas para mirar y actuar sobre los muy serios problemas del espacio físico. Nos estamos perdiendo pensar más allá de los moldes jurídicos, de actuar más allá de las limitaciones espaciales, de construir cultura más allá de las instituciones industriales, de aprender y enseñar fuera de las limitaciones de la educación formal, de valorar lo que querramos hacer por sobre lo que supuestamente debiéramos.
¿Por qué un Estado debería inmiscuirse en Internet? la única respuesta posible a esto es por afán de control. ¿Por qué en Internet deberían respetarse los mismos modelos de negocio que fuera? por el afán de control de mercado que ejercen los players tradicionales. Ni los estados ni los actores sociales y económicos tienen necesariamente la misma entidad en la red, de hecho suele considerarse como un medio de comunicación o difusión generando enormes cantidades de publicidad e información (bajo modelos que cambian instrumentalmente pero no cambian la lógica de nuestra relación con las instituciones y las empresas). A mayor presencia de empresas e instituciones en la Red, más desnaturalización de la Red. Desnaturalizada también con la instalación de la idea de la Red como entretenimiento, y como tal su gestión debe basarse en la lógica de las industrias del entretenimiento como si esta fuera la única actividad a la que todos debemos dedicarnos además de “un trabajo”.
Mientras algunos preferimos echar a estos actores de la Red, algunos de ellos ingresan con potencia brutal y espíritu conquistador. ¿Se producirá una “resistencia” online? ¿deberemos pasarnos a redes alternativas y probablemente “ilegales”?
El proceso es lento, pero ya hay demasiadas acciones concretas. Serán las discográficas, las editoriales, los FBI, las AFIP, y gobiernos que lesionan la libertad de expresión. Serán productoras, legisladores y padres asustados por lo que ven sus hijos. Serán los que controlan los medios de comunicación para seguir controlando los canales. Serán muchos. Veremos quiénes seremos los otros. Veremos quiénes no querrán perderse esta oportunidad.
Algunos argumentos relacionados con el derecho a leer y con la libertad de expresión
Que dentro de la racionalidad de los sistemas nacionales de ciencia y tecnología el Conicet es una cosa obligatoria, de acuerdo. Que sería un reservorio académico de excelencia, de acuerdo. Que es el único lugar donde se hace investigación, no estoy de acuerdo. Que todos las líneas de investigación que consideran importantes lo son, no estoy de acuerdo.
Todos los países integran en algún lugar este tipo de instituciones que intentan garantizar el desarrollo disciplinar en las líneas que interesan a un país (suponiendo que quienes dirigen entienden y realmente son capaces de identificar correctamente estas líneas). Es un articulador entre investigación y producción, y por eso muchos no terminan de esclarecer entre “Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva”, “Conicet”, “Tecnópolis”, “INTI” entre otras cosas.
Discutí muchas veces con algunos beneficiados de becas, o que están haciendo carrera, sobre lo poco que duraría el bienestar que ellos defendían y que asociaban a los gobiernos K. Me cansé de hacerlo explicando que la cuestión científico-tecnológica no se resuelve con un aumento de sueldos e incrementando la cantidad de becas por unos pocos años. Insistí siempre en que esto no es sostenible y que era necesario pensar una política de largo plazo.
El discurso oficial utiliza la correctísima estrategia de comunicación de crisis sacando a relucir los impresionantes números comparativos históricamente, pero los 1600 doctores que se formaron y que esperaban tener una perspectiva de carrera están en la calle bajo el argumento que se pueden insertar en el sector privado. ¿Para qué quiere el sector privado a un doctor? ¿De verdad alguien cree que las certificaciones garantizan que una persona es útil o no a una organización?
Algo se está acabando, el reparto de la torta no es el mismo, y huelo menos estrategia que administración presupuestaria… pensar que se publicó en todos los medios que se había recuperado el Gran Capitán (sí, el tren a Posadas que a veces sale y nunca llega) y fue una de las mentiras más descaradas. Que el Conicet no sea como el Gran Capitán.
Descontento social y explosión parecen ser conceptos bastante aproximados para describir lo que pasó en diciembre de 2001 y después en Argentina. La crisis de 2001, sin embargo, podría haber inaugurado una nueva era en nuestro país pero se diluyó tímidamente en lo que después se suele englobar bajo la idea de la “salida de la crisis”.
A veces pienso en que todo explotó como una señal de que algo debería cambiar, pero por otra parte la explosión fue muy relativa. No hubo revolución, ni desobediencia civil (salvo que se considere como tal el desoír un estado de sitio decretado por un presidente sin autoridad durante un día)
Durante las marchas y saqueos hubo 39 muertos en todo el país y cientos de asambleas populares y piquetes. De estas asambleas algunas se desarrollaron y organizaron, algunas orientadas a asistencia y otras orientadas a una voz alternativa al sindicalismo peronista tradicional. Hoy, 10 años después, existen organizaciones hijas de esa crisis como Barrios de Pie o Libres del Sur, la marcha, los piquetes, los cortes son el modo de ser escuchados. Dan por sentado que alguien debe financiarlos y lo exigen. Desde los Derechos Humanos hasta nuestra Constitución que los suscribe dicen garantizar el derecho a la vida, a la subsistencia y al trabajo digno. 10 años después una enorme cantidad de esos derechos tomaron la forma de deudas sociales, porque no se trata solamente de llegar a fin de mes, también se trata de la perspectiva, de tener proyectos y de poder participar de actividades culturales. No sólo de pan vive el hombre…. y si de pan solo vive, no es una vida digna.
Una Alianza debilitada (De la Rua y el huído Chacho Alvarez) frente a un peronismo bonaerense duro (Duhalde y Ruckauf) fue el marco político. Pero esta controversia de faltas de apoyo en conjunto con medios de comunicación que por un lado mostraban las debilidades de De la Rua y por el otro no podían sembrar el pánico de una caída tan destructiva, fueron el marco coyuntural, por debajo se cerraban los 10 años de la Convertibilidad de Menem, que fueron sólo un tramo de la vigencia Constitucional después de la última dictadura militar.
La Constitución triunfó por sobre todo. La continuidad se desarrolló bajo la vigencia de la Constitución como lo hizo ante la salida anticipada de Alfonsín. No hubo revolución porque no hubo cambio en las reglas de juego ni tampoco hubo desobediencia civil por desobedecer un estado de sitio decretado por alguien sin poder. La desobediencia civil se da masivamente sobre las normas vigentes, y la revolución busca quebrarlas y a veces hasta con propuestas de cambio. Las normas no cambiaron.
Nuestras decisiones políticas indican a qué nos sometemos.
Pero sería increíble recorrer el mundo y ver a qué se someten distintos pueblos… Consagrar la Constitución parece ser el sometimiento democrático más razonable, pero cuando una clase política se apropia de ella (las interpretaciones que armonizan las acciones y lo escrito) resulta que nos sometemos a esa clase política y no a la Constitución. Incluso si pensamos que a las instituciones las hacen las personas (y entonces podríamos relativizar todo porque significaría que las instituciones no trascienden a las personas), el foco de la infección es el mismo: la “clase política”. La clase política que es la minoría que gobierna a la mayoría, y que relativiza a cualquier sistema.
¿Quiénes pueden participar democráticamente del destino del país? sólo aquellos que están organizados, es decir que para participar alguien debe liderar y conducir. Así se profesionalizaron los representantes, que trabajan de ser representantes, y son profesionales de la representación. Es tal el nivel de complejidad y disponibilidad que demanda tal tarea que es imposible que una persona común pueda participar de la organización de las fuerzas políticas. Por decirlo de otro modo: no tenemos otro camino que delegar en representantes toda nuestra realidad común en personas que tienen una imagen del mundo completamente distinta a la que tiene cualquier persona. Es la arena de la clase política. Un grupo de personas que son colegas y potenciales socios para cualquier aventura y estructura “representativa”, y que es capaz de gestionar toda norma para lograr “representatividad”. Todo este mecanismo no es más que el proceso por el que un grupo termina conformando la elite que gobierna. Cuanto más difícil es participar de este proceso, menos democrático es el sistema. Y este es el sistema que tenemos, poco democrático, y con una minoría que se retroalimenta, incluso intergeneracionalmente.
Nos sometemos a eso: decidimos que esto sería la referencia suprema para nuestro destino común, y estamos sometidos, entonces, a ellos. Ni desobediencia ni revolución, continuidad. Sometimiento a normas que preservan el modo operativo de esta clase política, cuyo control se escapa de la capacidad de los ciudadanos que observamos, sometidos, el enriquecimiento casi sin excepción durante las gestiones de gobierno.
Visto a la distancia, entonces, la crisis argentina de 2001 es una muestra de a qué nos sometemos. La continuidad Constitucional, tal vez por temor a situaciones pasadas (y esta es la parte buena), fue nuestro sometimiento y aquello que aseguró el desarrollo de esta clase política (la parte mala). El juicio que tendremos dentro de un tiempo de estos diez años seguramente no será el mismo que el que hacen hoy los felices que disfrutan de las bondades de este gobierno, más bien preveo que podrá ser tan demonizado como los anteriores. Tal vez al fin de este proximo ciclo hayamos generado más valentía para cambiar nuestras decisiones políticas y, entonces, nuestro sometimiento.
Curiosamente, cada vez que discuto este tema, hay quienes hablan de “anticonstitucionalismo” o “golpe”, cuando la interpretación correcta del sentido de elegir a qué nos sometemos tiene que ver con la liberación del gobierno de una elite que ha sabido mantenerse lejos de los ciudadanos usufructuando el sistema. Tiene que ver con la participación y con cómo asegurar la representatividad que deberían ostentar.
Haciendo un ejercicio contrafáctico, especulando, se me ocurre que los Kirchner en los 90 hubieran hecho lo mismo que Menem, y que Menem en los 2000 hubiera hecho lo mismo que los Kirchner. Si así fuera, ni siquiera tendría sentido discutir el sometimiento constitucional sino pensar sobre los grados de libertad que pudieran tener los gobernantes según las relaciones regionales e internacionales, donde la Constitución es relativa y la elección de los socios no tiene un sentido necesariamente relacionado con ella. Si nuestras decisiones políticas indican a qué nos sometemos, y la “clase política” es quien lidera el sometimiento, dejamos en sus manos también el sometimiento regional y global. Así tenemos “países amigos” cuyo sentido de la democracia cuando leen el mapa global es al menos sospechoso. Era Estados Unidos con Menem y es Venezuela con Kirchner.
Continuidad. Ni revolución, ni desobediencia. Perdimos la oportunidad en 2001. Tenemos que aprender a decidir a qué estamos dispuestos a someternos. Basta de cornisas, basta de saltar.