Smart Cities, ¿interfaces o hipercentralización?

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Una de las actividades más placenteras como visitante de ciudades desconocidas es perderse entre sus calles y experimentar la sorpresa permanente. Eso que significa explorar, mirar mucho, mirar como no miramos en nuestra propia ciudad. Una especie de registro arquitectónico, mezclado con comportamientos, gestos, hábitos. Mezclado con el transcurrir hacia donde las calles nos lleven observando la vida diaria de otros, situados, compenetrados, los observados.

Cuando comencé a utilizar el Street View de Google ya todo esto había cambiado, ya conocía calles, edificios, comercios, monumentos; como conocíamos las calles de Chicago y New York porque las veíamos en las películas. Claro que lo que quiere mostrar un director es más parcial que nuestra exploración virtual. La información del Metro, los tiempos de viaje, los trenes y accesos a aeropuertos, tips para el cambio de divisas y tax free. El lugar donde hacer la reserva entre Trip Advisor y Booking, entre avisos de vuelos y el estado del tiempo, cuando no pagamos virtualmente lo que ya sabíamos que íbamos a comprar mucho tiempo antes de llegar (físicamente).

Creamos un sustrato de conocimiento previo sobre los lugares que aún no conocemos. Hay menos sorpresa. Ya nos perdemos menos. Exploramos sabiendo qué vamos a encontrar.

Este manto de información sobre las cosas de acceso inmediato desde (casi) cualquier parte es un acceso prácticamente planetario, global. Lo naturalizamos hasta que nos cambia, al punto de que nuestra imagen del mundo es muy diferente a la que tenían nuestros abuelos. Nuestro mundo es todo el mundo, ya no solamente el barrio o la ciudad. Pero la ciudad es más que los países. Mucho más. En la ciudad emerge la identidad y la cultura, y cualquier semejanza en estos términos se da entre ciudades, sin importar a qué país pertenecen políticamente. Buenos Aires comparte mucho con Montevideo y Rosario, pero muy poco con La Quiaca. Humahuaca comparte mucho con Villazón, como ciudades cercanas entre Bélgica y Holanda, como Madrid no comparte demasiado con Barcelona, como tampoco Firenze y Palermo, o Vilnius y Moscú. Son las ciudades, no los países.

Entre las aproximaciones sobre el concepto de Smart City parece primar un sustrato de eficiencia: mejor aprovechamiento de recursos, optimización del transporte, etc. basado en tecnologías digitales, TIC, e Internet como un modo de acceso básico a transformarnos en ciudadanos o visitantes supereficientes. Ocurre que la idea es similar a todas las que involucran tecnologías y multitudes. Tecnologías desarrolladas bajo lógicas de innovación privadas para un tipo de aprovechamiento comunitario gestionado por instituciones públicas. Castells ya hablaba de lo que hacían los jóvenes en forma colectiva con tecnologías de base capitalista cada vez que alzaban sus voces de descontento contra gobiernos y planes de ajuste. Peirone nos indica que estamos frente a un nuevo estatuto existencial, pero claro, en base a estas mismas tecnologías.

Pero creo necesario hacer una diferencia importante entre Internet como fenómeno global, y aquellas aplicaciones que tienen impronta localizada físicamente que podrían accederse desde Internet. Estamos cambiando aquí la noción de Internet como un entorno vital para transformarlo en una vía de acceso. La diferencia es sustancial: Internet pasa de considerarse un espacio (ciberespacio) a ser un medio para ser más eficientes en otro espacio (físico).

Es decir que estamos en presencia de un tipo de acceso a las ciudades, se trata de una interfaz en el ciberespacio a ciudades físicas, y por lo tanto no es descabellado que pensemos que las Smart Cities son un modo de mejora de la usabilidad de las ciudades…

Este post se dispara luego de ver varios trabajos de grado en coincidencia con un post que escribió Hugo Pardo Kuklinski que resume, según él, las cinco características de las ciudades inteligentes. Por lo pronto, estamos recién en proceso de definición, y dentro del proceso, hay discursos que se instalan más que otros. Hugo Pardo propone estas características:

  • Transparencia radical en tiempo real. Datos de fácil acceso al ciudadano que ayuden a tomar mejores decisiones cotidianas. Transformar el big data en datos abiertos más hardware open source. Esto bajo el riesgo del ocultamiento y el diseño top-down de las gestiones públicas.
  • Política post-partidaria. La conexión entre personas en forma descentralizada y no necesariamente a través de instituciones. Jerarquías líquidas, de abajo hacia arriba y transparente. Abandono de decisiones de pocos que afectan a todos, cercano a Wikipedia. Cita a Gavin Newsom: “el ciudadano promedio tiene pocas formas de hacerse escuchar en el gobierno, y todas esas formas son arcaicas. Cuando los políticos dicen: esto es lo que la gente quiere, no tienen real idea lo que la gente quiere.” “A nadie le importa si la solución del tráfico o la recolección de basura es una solución demócrata o republicana”.
  • Ciudad responsive, adaptada según el dispositivo y la necesidad. Cita a Stephen Goldsmith. Mejora de la usabilidad de las interacciones físicas, integrando cultura digital a través del uso inteligente de las TIC y big data. Mejora de la usabilidad de las infraestructuras viales que reduce la polución ambiental. Rediseñar el sistema operativo de las ciudades en tránsito, polución y ruido bajo una dinámica de menos es más, reduciendo la complejidad de los movimientos urbanos.
  • La cultura digital como pedagogía del software. El software es el motor de las sociedades contemporáneas y la cultura digital es una cultura del software. Alertar sobre la fascinación acrítica también es un rol pedagógico de las ciudades inteligentes. No seremos muy inteligentes como ciudadanos si descuidamos y cedemos definitivamente en favor de corporaciones y gobiernos el control de las tecnologías digitales, las redes y, sobre todo, nuestros datos. La mejor tecnología para el beneficio privado no es necesariamente la mejor tecnología para el bien público. Los ciudadanos y consumidores están invadidos por una literatura comercial tecnofóbica y casi sin resquicio de juicio crítico hacia la novedad.
  • Big data sí. Pero jardines digitales públicos y abiertos, sin acosadores. Quizás en unos pocos años haya que preocuparse de cómo los gobiernos utilizan los datos para controlar más de que para integrar al ciudadano a la gestión pública en tiempo real y para ofrecerle mejores servicios.

Probablemente los dos últimos puntos son los que más me interesan. Los tres primeros implican cambios profundos en el modo de entender las instituciones, y al final, como son opacas y jerárquicas, tomará tiempo. La salvedad que puedo hacer es que aún comunicándolo, las instituciones son poco confiables en términos de honestidad de datos y servicios inteligentes. Finalmente, estos tres puntos pueden cambiar y diseñarse de modos alternativos.

Los dos últimos puntos son fundamentales. La idea de que “la mejor tecnología para el beneficio privado no es necesariamente la mejor tecnología para el bien público” me recuerda a los fenómenos emergentes y al problema de los bienes comunes: el comportamiento emergente de distintos componentes interrelacionados tiene propiedades distintas de las de sus componentes. Si aplicamos esta idea de emergencia al problema privado/público, Hardin es útil con la idea de que comportamientos individuales racionales pueden dar como resultado comportamientos colectivos irracionales.

Supongamos por un momento que estas afirmaciones son válidas. Estamos perdiendo una propiedad de la mayoría de las “cosas” que circulan por Internet: si consideramos que eso que circula construye bienes comunes (commons), al ponernos en contexto de las Smart Cities solo nos quedamos con lo privado y lo público, o con commons en su versión localizada a una comunidad que ya no es global, y por lo tanto se perdería la categoría de “ciberespacio” global.

Tenemos entonces dos problemas: la pérdida de la escala global y el comportamiento irracional probable en la medida en que no haya un diseño del comportamiento de conjunto, que finalmente es un rasgo institucional. De hecho, bajo esta caracterización, un país que decide restringir el acceso libre a Internet planetario podría contar con Smart Cities, por ejemplo.

La idea de que “los ciudadanos y consumidores están invadidos por una literatura comercial tecnofóbica y casi sin resquicio de juicio crítico hacia la novedad” es cierta en parte. Aunque no toda la literatura es tecnofóbica… de hecho el mensaje comercial suele ser “tecnofílico” y orienta el consumo al fetichismo y a los estereotipos. Esto refuerza la falta de juicio crítico….

El punto del big data reviste el mismo problema de los datos en poder de instituciones públicas. Aparentemente solo podemos pedirles honestidad y buena voluntad. Creo que es muy poco en términos de riesgos asociados a los estados. Si fueran privados la situación no sería diferente, y si fueran comunes no podrían gestionarse. O sea, nos encontramos con un problema que creo será eje de las discusiones de los próximos años: ¿qué haremos con iniciativas privadas que dan acceso público a bienes comunes que construimos en forma colectiva y que consideramos bienes comunes?

Google es un caso, Wikipedia es otro. Privados, que permiten acceso público, a bienes comunes que no pueden ser gestionados como tales.

Volviendo a las Smart Cities, voy a tomar el clásico modelo de Echeverría: vivimos en tres entornos, que son la physis (la naturaleza, la Tierra), la polis (la ciudad), y telépolis (el ciberespacio que incluye a Internet, pero también todo el resto de las infraestructuras y contenidos que permiten conexiones remotas). Un Smart City, entonces, ya se encuentra anclada en la Tierra, en un espacio determinado, utiliza sus recursos, interacciona permanentemente, también con polución y residuos. El entorno Telépolis hasta la idea de Smart City estuvo asociado a algo más global, no encerrado dentro de los límites de la Polis. Esto significa que es posible volver a las primeras observaciones: Telépolis, Tercer Entorno, particularmente Internet, deberá contar con nodos asociados a una Polis dada para que pueda desarrollarse una Smart City.

Por otra parte, Lafuente agrega al cuerpo como un entorno más. Y tiene mucho sentido al citar a Ihde: “el cuerpo enfermo y el cuerpo gozoso no son naturaleza, ni tampoco cultura, sino otro entorno al que remitir y en donde contrastar lo que (nos) pasa. El cuerpo, en definitiva, es el sensor que alerta de la existencia de sustancias contaminantes u otras amenazas para su integridad, sin ser una máquina que responda en todos los humanos de forma homogénea ni unánime, aún cuando estemos hablando de cuerpos extendidos o mediados por la tecnología (Ihde, 2004)”

Entonces las Smart Cities deberían implicar un diseño que involucre los cuatro entornos: physis, polis, telépolis y el cuerpo. En todos estos entornos existen bienes comunes y hay iniciativas privadas y públicas que los apropian de distintos modos y grados. Resulta apasionante pensar que podríamos contar con ciudades más accesibles y usables, más ecológicas, y más eficientes.

Pero creo que aún nos debemos la pregunta, y las posibles respuestas: ¿cuáles son los criterios que serán la guía para el diseño de las smart cities atendiendo al respeto por los commons asociados a cada uno de los entornos que integran?

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