No reconstruir Notre Dame

Foto de Notre Dame tomada de la Revista Colors, 1995
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El hecho imborrable es que se incendió buena parte de la Catedral de Notre Dame. Y para buena parte de la humanidad también ese incendio significó mucho más que tantos otros incendios que ocurrieron ese mismo día. Hay un depósito de significado y valor sobre Notre Dame que no poseen otros edificios y objetos. Esto es trivial, obvio, casi insultante ponerlo en estos términos.

Para otros grupos ese incendio se trató del incendio de lo que es “solo un edificio”, pero analizar esta afirmación sería validar un enfoque que, además de una gran ignorancia, se sumerge en una sopa de estupidez de la que es muy difícil salir. Ningún edificio es “solo un edificio” como ninguna casa es “solo una casa”, como ningún objeto es “solo un objeto”.  Algunos profundizaron aún más en esa sopa con afirmaciones en contra de la institución de la Iglesia, como si Notre Dame tuviera significado solamente para los fieles cristianos. De hecho, siempre fue visitada por mucha gente que no profesa la fe católica y probablemente ninguna otra, sin dejar de lado que los propios franceses locales han abandonado en gran medida el apego por la Iglesia.

La importancia de los significados que se otorgan a Notre Dame varían, como varía su tipo. La valoración más simple y poco sofisticada es la de un emplazamiento turístico. ¿Cómo llegar a París y no visitar Notre Dame?, cualquier tour la coloca entre el “top 5” de las cosas que hay que ver entre el Arco de Triunfo, la Torre Eiffel, el Louvre, etc. Por supuesto, el “Notre Dame turístico” no va mucho más allá de una selfie con sus rosetones o su fachada con sus dos torres “mochas”. Tal vez algo de entretenimiento haciendo zoom a las gárgolas. Un turista algo más informado incluirá entre sus anécdotas que la Catedral fue declarada Patrimonio de la Humanidad, y nombraría a Quasimodo más allá de la adaptación de Disney. Hay mucho escrito sobre el fenómeno del turismo, sus diferencias con los viajeros, y sobre la no-apropiación de los espacios a los que se llega, pero no es el punto de este artículo.

El viajero con background de Historia del Arte y de Historia general verá otra Notre Dame. Entenderá que lo que se quemó es el estado actual de un emplazamiento dinámico, que en sus 800 años de historia ha sido escenario de múltiples rediseños y reconstrucciones, saqueos, desacralizaciones y devoluciones a la Iglesia. Que se trata de un ejemplo gótico inigualable, y que incluso la aguja que hemos visto caer en llamas fue construida hace algo más de siglo y medio. Que ese emplazamiento tuvo mucho antes un sentido religioso también marcado por los distintos imperios que han pasado por París. Que desde el punto de vista de una ciudad como París con vocación de ser centro cultural esta edificación fue tomando distintas formas.

Notre Dame es Patrimonio de la Humanidad porque hay objetos de gran valor cultural, además de la edificación en sí misma. Esto implica que hay mucho significado otorgado a todo lo que podemos (o podíamos) ver además del edificio, y esto no tiene valor de mercado sino de patrimonio. Se trata de cosas que tienen sentido porque son parte de la memoria parisina, pero también de expresiones imborrables de la cultura occidental. Pinturas, libros, esculturas, estructuras… todo es parte de la expresión humana que trasciende por completo la idea de “sólo un edificio”, sin que deje de serlo, por supuesto.

Y aquí hay un punto en el que puedo moverme con mayor facilidad: cada objeto es un objeto técno-estético y es parte de la expresión de una comunidad en un momento dado. Por lo tanto, cada objeto en su dimensión técnica es inseparable de su dimensión cultural. Notre Dame es admirable como expresión humana en muchas épocas y desde distintos momentos de la cultura, tanto como expresión técnica en esas mismas épocas. Un arbotante y el ábside tienen tanto valor como una pintura, como el coro y el órgano. Y además del sentido “pedagógico” que pudiera tener el arte sacro, también tiene valor como expresión de una época, tanto como el valor del ebanista que ha trabajado cada una de las sillas del coro, o los aspectos técnicos implicados en el techo quemado y las esculturas. Todo se hace necesario para que Notre Dame en 2019 haya sido lo que fue.

Pero una vez incendiada, entre el dolor sincero de muchas personas y otras que hacían comentarios menos dolorosos que sobre un resultado de un partido de fútbol, surgieron las primeras reacciones, muchas de ellas con altísimo interés político. Entre estas reacciones están las donaciones que fueron noticia por los montos y por el cholulismo de quiénes donaban. Pero otra reacción, que es el centro de lo que me interesa, es la de la promesa de “reconstrucción”.

Reconstrucción o rediseño

Cuando pensaba que era políticamente incorrecta mi posición frente a la “reconstrucción” tuve la fortuna de mantener algunas charlas sobre la cuestión, entre ellas con mi hermana que se dedica al arte y la filosofía. Y estuvimos de acuerdo: no hay que reconstruir Notre Dame.

También estuvimos de acuerdo en que la reconstrucción era funcional al “Notre Dame turístico”, y que entonces el interés sería el de “borrar” el hecho concreto e histórico del incendio con el objetivo de que “nada cambie”. Por supuesto esto derivó en diversas analogías con contenido cultural como el de “borrar” arrugas o realizar cirugías plásticas para pretender que el tiempo no pasa. Y la charla siguió con el rumbo del deseo de la negación de que algo había pasado, y actuar como si no hubiera pasado nada.

Pero como Notre Dame efectivamente se incendió, la reconstrucción se convierte en un doble desafío: por un lado “dejarla tal cual” para no perder a los turistas; y por el otro, el desafío técnico de “dejarla tal cual” sin que se note a partir del trabajo de los expertos en imitar estructuras y obras. De hecho muchas iglesias y monumentos se han incendiado y muchas veces se han tomado decisiones que no implicaron volver a hacer lo mismo (googleando un poco se encuentran muchísimos ejemplos)

Foto de Notre Dame tomada de la Revista Colors, 1995

Foto de Notre Dame tomada de la Revista Colors, 1995

¿Tiene sentido? Ciertamente no. Si desde el año 1100 Notre Dame sufrió múltiples transformaciones (mejor o peor documentadas) y lo que veíamos es testigo de esas transformaciones, no tiene sentido que este incendio quede borrado de su historia. Pero además hay otros aspectos que manifiestan que no tiene ningún sentido como intervención a esta altura del siglo XXI: no hay personas que tengan los oficios que fueron necesarios para realizar muchas de las obras que se quemaron, y tampoco hay árboles de la edad suficiente para tener la longitud necesaria para el reemplazo de las vigas quemadas.

Esto debería llevarnos a pensar que la intervención que se decida realizar sobre la Catedral no puede estar desligada de nuestro tiempo. Esto significa que en lugar de emular “cómo era” deberíamos enfocarnos en “cómo será” según una intervención propia de esta época. Y entonces la idea de “reconstrucción” derivaría en una idea mucho más compleja que es la de “rediseño”.

Rediseñar Notre Dame implica que las fotos que van a existir serán diferentes a las que ya no podemos tomar. Implica que hay cosas que ya no están, y que habrá cosas nuevas. Implica que habría un proyecto y que ese proyecto, si realmente es sincero el valor que los parisinos le dieron, debería reflejar el sentir de los ciudadanos y fieles. Implica que la intervención se hace con capacidades y materiales actuales sin pretender “mentir” acerca de “cómo era”, sino lo que decidimos hacer en el siglo XXI. Implica aceptar el hecho de que se quemó.

Rediseñar Notre Dame es mucho más honesto que reconstruirla.

Update

A medida que transcurren los días luego de publicar este post, la discusión alcanza todos los niveles y aparecen criterios argumentos desde ambas posiciones como en

Y muchos otros ejemplos: