Todos escuchamos la metáfora del tsunami cada vez que hablamos del advenimiento de la inteligencia artificial generativa (IAG). Voy a aprovechar esto como excusa para dejar planteadas algunas preguntas.
Es una metáfora muy potente porque significa que hay algo mucho más fuerte que nosotros que se nos viene encima y que además sabemos que es incontrolable con cualquier acción que nosotros podríamos tomar al respecto.
Pero esa metáfora está incompleta. Un tsunami es un enorme movimiento de agua que entra en las costas, que tiene un gran poder de destrucción, y eso es evidenciado luego de su retirada. La pregunta sería: por qué tomamos solamente la primera parte de la metáfora y no nos preguntamos nada sobre la segunda parte de ella.
Luego de un tsunami, tratamos de reconstruir. Esta reconstrucción a veces se parece a lo que había y a veces no. ¿Cuándo es preferible hacerlo de un modo u otro?

United States Marine Corps with the ID 050107-M-5578G-063
En una charla en agosto de 2026 Mariano Palamidessi hablaba de la redistribución cognitiva. Parte de lo que se destruye con el tsunami de la IA es la distribución cognitiva actual. Cuando el agua se retira y nos damos cuenta de las consecuencias que ya existen, es porque ya pasó una ola. Por supuesto, nada impide que venga una ola más grande pronto.
Entre el inventario de destrucción evidente contamos nuestra capacidad de concentración y de delegación cognitiva. Pero tomando procesos más largos sabemos que la pereza cognitiva se profundiza desde que estamos usando el buscador de Google o incluso desde que apareció Internet de acceso público.
En la metáfora completa, la idea del tsunami que viene tan fuerte como el agua que se retira; la pregunta es qué es lo que se arrastra con el agua que se va. Propongo algunas especulaciones:
- Todas las empresas de IA están perdiendo muchísimo dinero. Por ahora nada indica que vayan a recuperarlo en el corto plazo.
- La mayoría de las empresas que han implementado IA desde sus departamentos de sistemas, no logran hacer más eficientes sus procesos. Esto depende de cada industria, pero en comparación con la promesa inicial, el ROI no se verifica.
- Todavía hay muchos trabajos donde los humanos somos más baratos. En China las tareas manuales a ser reemplazadas por IA se entrenan con humanos con cámaras que filman sus procedimientos. Pero no está claro que la ropa de Shein o Zara fuera más barata producida por IA.
- Todavía no terminamos de ver el deterioro ambiental. Así como no hacemos foco en las cuestiones ambientales por la electrificación del transporte, tampoco lo hacemos con las IA. Por ahora, el hype es más grande que las consecuencias.
La primera retirada del agua mostró que algunos espacios (por costo, precio ganancia o rendimiento económico) no logra ser útil.
Otro concepto actual es el de el aceleracionismo (¿o neo-aceleracionismo?). La idea de que la solución a nuestros problemas depende del desarrollo de más tecnologías mucho más complejas en manos de un “top 5” de personas bastante peligrosas, describiría el movimiento telúrico que generó el tsunami. ¿Quiénes generan estas olas? ¿es bueno que lo hagan de este modo?. Parece que no, se trata de un movimiento que se confunde con conceptos de totalitarismo tecnológico como los que plantea Thiel.
Por otra parte, la limitación es parte de nuestras condiciones de existencia. Nada se acelera infinitamente (el brillante Maldacena podría explicarlo muy bien).
Incorporamos el aceleracionismo como causa del tsunami, y vemos paisaje devastado que deja. Pero es hora de ocuparnos de los criterios de reconstrucción. Para que esta reconstrucción sea “socialmente” legítima debe poder conciliar la racionalidad tecnológica marcada por la proyección hacia el futuro, y la racionalidad que aprende de nuestro pasado desde las humanidades.
Yo no utilizo la metáfora del tsunami; prefiero hablar de “tecnologías críticas” que son aquellas tecnologías de las que en algún momento se vuelven imprescindibles (por comodidad, por efectividad, por delegación cognitiva, pero siempre entregando autonomía), incluso para nuestra supervivencia. Por ejemplo, los alimentos, la medicina, el agua potable y su distribución, o mismo Internet. Lo que delegamos en ellas es tan importante que sin ellas moriríamos. Se vuelven parte de las estructuras.
Entre las más críticas y las menos críticas hay grados. Si la IAG tiende a convertirse cada vez más en una de ellas, es necesario encontrar mecanismos de legitimación social sobre el horizonte de sentido que proyectan a futuro. Esto está desarrollado en muchas de mis publicaciones.
Existen muchas circunstancias dentro de los procesos largos de desarrollo tecnológico. En particular puede ser relevante la pereza cognitiva, el empleo y las habilidades que necesitaríamos para desarrollar un proyecto de vida futuro. Pero aquí hay una alerta sobre una acción precisa que se pregona permanentemente: adaptarse.

Nadie se adapta a un tsunami. Mitigar riesgos no es adaptarse. Es una circunstancia específica poco probable, y usualmente anticipable. Hay más tiempo de aviso en las tecnologías que en un tsunami real. Si el tsunami es devastador, ¿qué verbos, qué acciones son las adecuadas para estar a la altura de semejante fenómeno?
Podemos buscar acciones posibles que contradigan el mito de “dejar de saber porque las tecnologías resuelven”. Por ejemplo, el nombre de un río o las condiciones históricas de una revolución. La redistribución cognitiva no implica que debamos vaciarnos. Al contrario: en un mundo cada vez más complejo, deberíamos conocer cada vez más. De hecho, estudiamos nuestra situación relativa con respecto al clima, a la geografía, a los movimientos históricos, a las distintas facciones políticas, pero la tecnología no entra dentro de ese campo como un objeto de estudio sobre el que podríamos preguntar de qué manera estamos involucrados.
Eso no tiene que ver con la utilización efectiva de las tecnologías, sino más bien con aquello que no vemos, con lo que está oculto dentro de las cajas negras tecnológicas que cambian nuestra forma de acceso al mundo, que son el terremoto del tsunami, y que modulan toda nuestra cultura. Esto puede englobarse en una base formativa para la acción frente a las olas tecnológicas y es una condición para la legitimación social. Abrir las cajas negras es un a exigencia que ya tiene muchas décadas de vida, y que el propio León XIV actualiza para la IAG exhortando a “desarmar” la IA, que significa la posibilidad de abrir la caja negra.
Esto que puede ser parte de la cultura material no se trabaja satisfactoriamente en la escuela y mucho menos en las especialidades de la educación superior. Saber más entra en tensión directa con la especialización. Alejandro Piscitelli hizo un aporte que suscribo plenamente: debemos sembrar polímatas. Debemos desarrollar en las personas gran capacidad de agencia en distintos campos y que puedan trasladarse naturalmente entre ellos sin dificultad. Hacer que las epistemologías sean útiles en una especialización, pero lo suficientemente flexibles y poco estructurantes para la interpretación de la complejidad del mundo. Piscitelli también sugiere los perfiles antidisciplinares. Adaptarse es el peor mantra.
Viendo que los tsunamis se retiran mientras quedamos nosotros, no veo más opción que desarrollar capacidades de construcción y reconstrucción socialmente legitimadas. Las habilidades para lograrlo están en saber pensar más y saber hacer más. Las razones a esta altura parecen obvias: el terremoto depende de pocos, pero el tsunami es sufrido por todos. La tecnología debe ser materia de deliberación (como lo plantea la Filosofía de la Tecnología desde hace mucho tiempo), especialmente porque vulnera nuestras condiciones para ser libres. La legitimación social se vuelve cada vez más necesaria para que las tecnologías tomen un sentido relativamente consensuado.
Para ello necesitamos ver el tsunami antes, sobrevivirlo para actuar, necesitamos habilidades de anticipación.
El mantra que permitirá una reconstrucción legitimada es, entonces, cultura tecnológica y anticipación.
Yo no me voy a adaptar a un tsunami, sabiendo que tampoco puedo evitarlo. Pero sí quiero ser parte de la reconstrucción.
Fragmentos de la charla expuesta en las Segundas Jornadas de Innovación Social CPS 2026.


