La campaña que nos hace culpables

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Desde hace muchos años nos sentimos culpables por la contaminación. En la escala “macro” porque asumimos como humanidad que estamos haciendo algo mal; “micro” porque cada tanto no usamos la bolsa verde para separar los reciclables. En este cambio de escala se juegan muchas cosas: la culpa siempre está asociada a nuestras acciones, a lo que no hicimos, a lo que podríamos haber hecho, a tener presente la conciencia ecológica cuando tenemos un envoltorio de caramelos en la mano. Esta culpa está alimentada por las campañas interminables y omnipresentes que apelan al “granito de arena”, a nuestro comportamiento como conjunto, a mostrar imágenes espantosas de paisajes y personas vulneradas por la contaminación, cuando no leemos con alarma que el agua de un río ya dejó de ser potable. Estos efectos de escala “macro” golpean en nuestra culpa “micro” creando una idea socialmente compartida de que todos tenemos la culpa.

Pero este es otro triunfo de la falta de cultura tecnológica. Si reconociéramos las relaciones que existen entre cada producto que tenemos en nuestras manos y las decisiones (derivados de criterios e intereses) que los generan tal vez podríamos librarnos de esa culpa que cargamos como responsables de un mundo que va inevitablemente a la destrucción de todo sistema natural. Planteado así es mucha culpa.

Vivo en el asombro de la poca importancia que damos a la historia de los productos. Y como un derivado, de la confianza que tenemos en quienes los producen. Alguna vez escribí que asumimos que pensamos que el origen de las cosas es la góndola del supermercado, que los espacios de consumo que aseguran la disponibilidad de los productos son, en definitiva, asimilables a un dios. Un mito muy extraño en la “era de la información y el conocimiento”.

Sergio Elguezábal compartió en Twitter una nota de Punto Verde (Consuelo Bilbao @cebilba) que plantea que dos litros de agua embotellada que supone salud, juventud y vitalidad para el consumidor, es un negocio para la marca envasadora al tiempo que representa un gran costo para el Estado quien debe hacerse cargo de la basura generada.

Por supuesto no se trata de una cuestión de costos solamente. Pero sí de un dato más sobre al irracionalidad de las industrias y sus envases, que se suma a las mediciones sobre productos que tienen mucho más envase que el necesario por razones de marketing (digamos que como justificación es increíblemente débil).

En el mismo artículo se plantea el principio de “Responsabilidad Extendida al Productor” y continúa: implica que quienes hacen un negocio introduciendo toneladas de productos envasados al mercado incluyan entre sus costos el residuo que generan. Esto es parte de advertir que no todo comienza en la góndola, y que en cada industria, empresa, emprendimiento hay personas que deciden intencionalmente sobre el tipo de envase y sus materiales, y que no se ocupan sobre el destino final.

Cuando planteamos el concepto de Tecnologías Entrañables uno de los puntos clave en los que puse mucho esfuerzo es en modelar analíticamente la relación entre el contexto de uso (de consumo) y el contexto de diseño (y producción), planteando que no se trata de dos mundos independientes, sino más bien de un fenómeno relacional entre actores sociales mediados por artefactos.

Siguiendo esta línea, la “Responsabilidad Extendida al Productor” es lo menos que se puede exigir. De hecho, además de hacerlos responsables, es necesario cambiar las dinámicas de diseño y definición de productos. Una responsabilidad de alcance total, no solamente en términos de residuos.

Uno de los problemas radica en que los productores son pocos y los usuarios muchísimos. Esto es una buena noticia para los productores: la culpa individual se atomiza tanto, que finalmente nadie la tiene; aunque nos pese cada día. En la mirada “macro” es cierto que podemos hacer filosofía sobre lo que “la humanidad hace”, pero de ningún modo eso debe ocultar el verdadero problema: los agentes intencionales del contexto de diseño y producción son los mayores responsables.

Hagamos la campaña inversa: “mi botella plástica salió de tu fábrica, como tantas otras miles

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