Es el espectáculo, estúpido

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¿Quién miraría cómo discute un conjunto de agentes de IA? Ni idea, pero tal vez en poco tiempo pasen de una discusión “picante” a enfrentarse con avatares gráficos. Tal vez en un escenario de lucha derivada de un ring de box. Tal vez en vehículos que ellos mismos inventan, inaugurando una Fórmula 1 sin máquinas mecánicas y con conductores que son agentes. Después de todo ya diseñaron su propia religión.

¿Quién miraría esto? Sería un poco ridículo que invirtamos nuestro tiempo en ello… ¿Lo sería? ¿O sería un nuevo producto para gastar las 9 horas que algunos argentinos gastan en las redes? Después de todo, la competencia, las apuestas y eventualmente la violencia han sido espectáculo desde siempre. Ciertamente se sofisticó al punto en que las dimensiones externas al juego comenzaron a torcerlo.

El juego se transformó en deporte; y el deporte en espectáculo. La primera transformación se llamó “profesionalización”; y la segunda… ¿“espectacularización”? No tengo claro que Debord tenga una gran vigencia hoy, pero los autores críticos han observado esto en muchas ocasiones. Y como buenos críticos permanecieron cómodos en el señalamiento.

Acertaron. Es tan fuerte esta pulsión (natural, o no) de ser espectador, que es un espectáculo ver jugar un juego a otros. Ver qué hacen los protagonistas, liberando algún químico que impacta en la emoción del suspenso y la sorpresa; sin dejar de lado las euforias y tristezas cuando, además, se toma partido por algún protagonista.

El deporte es un articulador: existe amateur y existe profesional. En el primer caso todavía queda una reminiscencia del juego; en el segundo todo depende de los sponsors y los “jugadores” se vuelven un business plan, se compran, se venden, “son profesionales” (da igual para quién compitan, como los mercenarios), etc.

La función social de liberación de violencia en un lugar controlado en lugar del campo de batalla comenzó a fallar con la profesionalización y el manejo del dinero, la industria del deporte y las apuestas. Existen grupos derivados de los “jugadores” que se volvieron agentes centrales en la presión y acción sobre clubes, jugadores y apuestas. En el fútbol, en el tenis, en todos lados. Estos grupos vuelven a poner el campo de batalla fuera de los espacios controlados como los estadios, o el viejo Coliseo.

En medio de esta ceguera de la espectaularización que es cada vez más sangrienta en términos de atención (“si no los tienes los primeros 3 segundos, no los tienes”) y donde el contenido da igual porque la industria de las apuestas y el espectáculo deportivo es una meta-organziación que los cubre a todos, la noticia de agentes de IA interactuando en una red irrumpe.

Supongamos que puede ser útil para alguna investigación. Pero también supongamos que entraremos a la red para disfrutar del espectáculo de algunas máquinas como hoy entraríamos a Netflix. Los mismos agentes de IA podrán diseñarlo, y todos nosotros naturalizarlo. Supongo que no cambiaría mucho con respecto a lo que ya vimos: absurdos (alucinaciones) o refuerzo de estereotipos.

Espectacularizamos todo. Hasta la red que pudo haber significado buena parte de la emancipación de los protagonistas anónimos de este mundo.

Mejor prestemos atención a Anthropic y a su plan sobre la obra escrita de la humanidad y, sobre todo, a poner límite sobre las decisiones que delegaremos en la IA.